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03/09/2007
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Para más información, favor de contactar a:
Sean Garcia and Andrea Lari
ri@refugeesinternational.org; 202-828-0110
La Violencia en Colombia continúa y en ciertas regiones del
país está incrementando a pesar de la retórica del
gobierno de que está tomando el control sobre el conflicto
interno que ha plagado a la nación por las últimas cuatro
décadas.
Equipos de expertos de Refugiados Internacional (RI) visitaron los
departamentos de Nariño y el Chocó en junio de 2006 y
febrero de 2007 y hallaron que las condiciones de seguridad han
empeorado notablemente. Consecuentemente, es muy probable un
incremento en el desplazamiento forzoso de ciudadanos en los
próximos meses, situación que las autoridades no
están preparadas para abordar adecuadamente.
El Incremento de la Violencia Aumenta
el Desplazamiento
La población continúa huyendo de sus hogares a
raíz de los recién establecidos grupos
narco-paramilitares quienes están ocupando sus tierras y
ordenando a las personas abandonar la zona. Asimismo, los
desplazados también son objeto de violencia al regresar a sus
tierras. Desde el desplazamiento en junio de 2006 tras la
demostración de Remolino en Nariño (ver: Colombia:
Political Considerations Used to Deny Assistance to Displaced People)
y el
retorno de estas comunidades a la zona norte de la capital
departamental, Pasto, 70 personas han sido asesinadas y 17 han
desaparecido. Estos hechos confirman las amenazas perpetradas por
paramilitares en la zona contra las comunidades retornadas. En
febrero de 2007, el equipo de RI visitó el municipio de
Samaniego, al sur de Pasto, y descubrió que ocho personas
habían sido asesinadas en el transcurso de un fin de
semana. Estos asesinatos fueron atribuidos a un nuevo grupo
paramilitar de ochenta miembros que está en proceso de
establecerse en la ciudad.
Además de los conflictos producto del resurgimiento de grupos
paramilitares, se ha intensificado el conflicto por el control de
territorios estratégicos empleados para el cultivo, la cosecha,
el procesamiento y el transporte de la coca a mercados
internacionales. Samaniego, en Nariño, es una zona de
conflicto entre dos grupos guerrilleros de izquierda luchando por el
control de los recursos para el narcotráfico, las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de
Liberación Nacional (ELN). La región del Bajo
Baudó en el Chocó es escenario de conflictos entre las
FARC y el Ejército Revolucionario Guevarista (ERG) relacionados
al narcotráfico. Asimismo, se están dando
conflictos por razones similares entre las FARC y grupos paramilitares
a lo largo de Nariño y el Chocó. Diversos informes
señalan que los combatientes están forzando a comunidades
enteras de indígenas y de afro-descendientes a abandonar
territorios disputados, táctica que genera el sobrepoblamiento
de las ciudades y los poblados vecinos. Las Fuerzas Armadas
nacionales han comenzado a bombardear y fumigar los terrenos disputados
empleados para el cultivo de la coca como parte de su programa de
erradicación. Estas acciones también han resultado
en el desplazamiento de campesinos obligados a dejar tierras
estropeadas por los químicos.
Según estadísticas oficiales, en el 2006, los
crímenes violentos aumentaron en un 13% en Nariño en
comparación con el 2005. No obstante, varios oficiales
informaron a RI que estas estadísticas son conservadoras, y que
estiman que la tasa de muertes pudo haber incrementado hasta seis
veces. Adicionalmente, el alarmante crecimiento de nuevos grupos
paramilitares se ha visto aparentemente beneficiado de la complacencia
tanto del ejército como de la policía, los cuales han
estado evadiendo la confrontación. Los crímenes
perpetrados por estos nuevos actores armados no han sido investigados y
los responsables no han sido sometidos a la justicia.
“Una bomba de tiempo a punto de
estallar”
Trabajadores de ayuda humanitaria trabajando en Colombia describen las
múltiples crisis en el país como bombas de tiempo. En
contraste con las declaraciones oficiales, se están dando
diversos conflictos a lo largo del país. Las raíces
de estos conflictos se están expandiendo y no necesariamente
corresponden a conflictos entre las fuerzas gubernamentales y los
grupos guerrilleros. Más bien, hay una creciente violencia
entre grupos guerrilleros de izquierda, entre grupos guerrilleros y
nuevos grupos paramilitares, y conflictos adicionales relacionados con
el ejército. Como resultado, la población civil se
encuentra atrapada entre actores rápidamente cambiantes y en una
situación de mayor riesgo producto de la entrada y salida de
estos actores en las comunidades.
El año pasado se produjeron treinta desplazamientos masivos (el
desplazamiento de más de cincuenta personas) en Nariño y
en los dos primeros meses de 2007 se dieron ocho desplazamientos
masivos adicionales, incrementando el total de desplazados internos
registrados en el departamento a más de 54.000.
El enfrentamiento entre las FARC y el ELN ocurrido el 15 de febrero
afectó a una comunidad de aproximadamente 2.000 personas
viviendo en la zona noroccidental del municipio de Samaniego. “Esta es
la segunda vez en lo que va del año que hemos sido
desplazados. La población vive aterrorizada a raíz
de los enfrentamientos. Alrededor de 46 familias han abandonado
sus casas en búsqueda de refugio en las escuelas de una ciudad
vecina,” declaró un líder indígena. Durante
su estadía en las escuelas, la municipalidad local y la iglesia
les proporcionaron alimentación e insumos básicos. Cinco
días después de estos hechos, sin embargo, la
asistencia de Acción Social, la agencia gubernamental encargada
de coordinar la respuesta humanitaria para atender las necesidades de
personas desplazadas, aún no llegaba. Según
informes, muchas familias decidieron retornar a sus casas debido a la
falta de asistencia. Estas comunidades de retornados encontraron
que habían instalado minas antipersonales alrededor de la
comunidad y que un enfrentamiento podría estallar en cualquier
minuto. Durante las dos semanas posteriores a la visita a
Samaniego de RI, siete personas resultaron heridas o muertas a causa de
una mina antipersonal o por municiones sin explotar.
Una situación similar de creciente tensión y violencia
aflige a las comunidades ubicadas en los valles de San Juan y el
río Baudó, y a lo largo de las tributarias del
río Atrato en el departamento del Chocó.
El 6 de abril de 2006, más de 700 miembros de cinco comunidades
indígenas Wounan ubicadas en la cuenca del río San Juan
huyeron al municipio de Istmina en búsqueda de seguridad. Las
FARC acusaron a catorce líderes comunitarios y profesores de ser
informantes del ejército, matando a tres. Los
sobrevivientes que se encontraban bajo amenaza y sus familias fueron
evacuados a Panamá por agencias de las Naciones Unidas. En esta
ocasión, tanto las autoridades locales como Acción Social
fueron incapaces de proporcionar a las comunidades un nivel
mínimo de asistencia, obligando consecuentemente a la Iglesia y
a las agencias internacionales a intervenir para prevenir un desastre
humanitario. “Cuatro niños fallecieron durante esos dos meses a
causa de enfermedades epidémicas. Tuvimos que vivir
amontonados en cuatro pequeños refugios improvisados y obligados
a utilizar agua contaminada del río para bañarnos y
cocinar,” declaró un líder indígena. El
grupo finalmente decidió que las condiciones de vida eran
intolerables y optó por retornar a su comunidad. Desde su
retorno, las FARC han mantenido un estricto control social sobre las
comunidades y han impedido el acceso a las mismas.
A lo largo del mes de febrero ha ocurrido más desplazamiento
hacia Istmina de la cuenca del río Sipí producto de la
actividad de nuevos grupos paramilitares, incluyendo múltiples
órdenes a pobladores de la zona de dejar sus tierras en el
transcurso de ocho horas. Una familia que formaba parte de un grupo de
más de trescientos afro-colombianos que arribaron en Istmina el
4 de enero de 2007 dijeron a RI: “Recibimos algo de
alimentación, pero sólo después de once
días, y no era suficiente. No nos han proporcionado vivienda, y
no sentimos que contamos con acceso a servicios médicos,
educación o a algún mecanismo para sostenernos”.
En base a evidencias sólidas de la creciente violencia en
Colombia, Refugiados Internacional recomienda:
Al gobierno de Colombia: